“Una milagrosa efigie de mucha antigüedad y devoción, que se trasladó del Sagrario antiguo de la Catedral”. Con estas palabras describía en 1677 Diego Ortiz de Zúñiga, el primer gran cronista de la ciudad, la imagen del Nazareno de la parroquia del Sagrario, con extinguida cofradía felizmente revitalizada.
La hermandad del Santísimo Cristo de la Corona ha recuperado en esta Cuaresma la iconografía de su Nazareno con la realización de una nueva corona de espinas para el Titular de la corporación. La pieza ha sido elaborada por Manuel Ballesteros y Alejandro Cascajares, licenciados en Bellas Artes especialistas en conservación y restauración de obras de arte, recuperándose así la iconografía tradicional de Cristo abrazado a la cruz vertical con potencias y corona de espinas. Para la realización de la nueva pieza se han estudiado grabados y fotografías antiguas de la talla, buscando la fidelidad a su concepción antigua. Por ello, la corona tiene un trenzado estrecho y abierto, con poca cantidad de espinas y con un tamaño reducido, con el fin de potenciar la expresión del rostro del Santísimo Cristo, sin modificar la lectura global de la talla. La nueva corona de espinas está trenzada con ramas de acacia natural, tratadas y entrelazadas, con el añadido posterior de espinas naturales, igualmente de acacia, estando policromado el conjunto finalmente con diversas tonalidades a modo de veladuras.
Se recupera así la iconografía original de una de las imágenes más antiguas de la ciudad y cuya hermandad gozó de una privilegiada posición económica en el siglo XVII. Una imagen manierista, de talla completa y datable en el último cuarto del siglo XVI, que muestra una original de disposición en su amplia zancada, en los abundantes plegados de su túnica y en la ruda soga que porta sobre el cuello, todo un recuerdo de los disciplinantes de la Sevilla del Barroco. Como peculiaridad, el Nazareno de la Corona apoya la cruz sobre el hombro derecho, por lo que su cabeza se gira hacia el lado izquierdo.
En el último tercio del siglo XVI, la ciudad todavía se movía en los postulados estéticos del Manierismo, en Sevilla caracterizados por ser el germen de la escuela local de escultura que nacía en torno a un elenco de escultores castellanos que habían llegado a la gran metrópolis del sur por las posibilidades de trabajo que ofrecía.
Se suele señalar la talla del Nazareno de la Corona como representativa de un periodo y como influencia a los escultores de transición hacia el siglo XVII en el naturalismo del rostro del Señor, marcando probablemente las creaciones de Francisco de Ocampo, que fue hermano de la corporación.
Durante todo el siglo XVI la forma de representación del Nazareno continuó el modelo del abrazo a la cruz, escena en la que Cristo portaba el madero por el brazo más largo. Una representación que parte del mundo medieval y que se expandió con el grabado renacentista, estando ya representada hacia 1528 en el retablo mayor de la Catedral, donde aparece la escena en la que Jesús carga con la Cruz entre expresivos sayones y peculiares soldados.
La iconografía del abrazo se popularizó en la segunda mitad de siglo con una pintura de las gradas de la Catedral, el conocido nazareno de los Ajusticiados o de los Ahorcados que realizó el pintor Luis de Vargas en 1563, una pintura en una capilla abierta a la que se encomendaban los ajusticiados que circulaban en procesión desde la Audiencia o desde la Cárcel Real. Una pintura que, según el canónigo y veedor del Santo Oficio, Francisco Pacheco, “arrebata y suspende el ánimo de quien le mira”. La obra que inspiró al Nazareno de la Corona debió sufrir las inclemencias de su situación al aire libre, ya que acabó siendo sustituida por otra similar de Juan de Espinal, ya en el siglo XVIII, con la peculiaridad de mostrar a Jesús portando túnica blanca.
No fue la imagen de la parroquia del Sagrario la única inspirada en esa estampa del abrazo a la cruz por su palo más largo. La influencia de la pintura de Luis de Vargas también se puede rastrear en las reglas de la Hermandad del Silencio, en su propio Nazareno titular o en otras tallas de la ciudad, como el devoto nazareno de las Fatigas, de la parroquia de la Magdalena o los retablos dedicados a la escena del tránsito por la calle de la Amargura que se conservan los conventos sevillanos de Santa Ana o de Santa María de Jesús, dos notable altorrelieves datables también en el último tercio del siglo XVI que siguen la misma iconografía del abrazo a la cruz.
Aunque haya imágenes pasionistas de Jesús que en Sevilla han perdido la corona de espinas, su colocación completa un símbolo de la Realeza de Jesús, con un trasfondo histórico en el que se recuerda una burla que pudo tener su origen en el conocido como Basilinda o juego del Rey. En esta ceremonia, con origen en las Saturnales romanas, se elegía a un rey de burlas al que se rendía culto burlesco entre mofas, costumbre extendida entre los soldados romanos del siglo I y que podía terminar con la muerte del condenado. La recuperación de esta corona, aparte de devolver la iconografía original a una notable talla del patrimonio sevillano, reivindica el uso de un símbolo que permite una mejor comprensión de la Pasión de Cristo, y que no debería ser eliminado por modas o por conveniencias estéticas.





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