La Cuaresma es un tiempo vital en el que se aguizan los sentidos.
Hay olores característicos de estos días como el del incienso de los cultos, imágenes para el recuerdo de altares de quinario y besamanos, sonidos inconfundibles como los versos del pregón o el metálico de la estructura de los palcos de la Carrera Oficial. También se agudiza el tacto en el ruan de una túnica o la fría plata de un varal. Pero si hay un sentido especialmente vinculado a la Semana Santa ese es el del gusto. Y con él, sin duda, el sabor de una buenas torrijas como preludio y venia a nuestra Semana Santa. Las torrijas son el dulce por excelencia de estos días. Las hay de tantos tiempos como recetas se elaboran de forma única en las cocinas de cada casa. Las más originales y aquellas que siguen la receta de una familia que se ha ido heredando de generación en generación. Prepararlas requiere su tiempo. De hecho es para muchos todo un rito del tiempo de víspera. El ingrediente básico es el pan, tanto el que ya se vende especialmente preparado para esta receta como la tradicional barra de los días previos cortada a rodajas. El siguiente paso es empaparla en vino dulce o en leche y canela, según los gustos. Aquí es importante que el pan quede bien húmedo para evitar que la torrija quede seca al comerla. Tengan, pues, paciencia y dejen que se empape bien. Finalizado este proceso, se pasa el pan por huevo y se fríe en aceite de girasol –el de oliva deja demasiado sabor– que esté bien caliente. Apunten un consejo: si le añaden al huevo un poco de agua evitarán que le salgan hilos a las rodajas de pan al freírlas. Por último, coloquen las torrijas en un recipiente y cúbranlas con un almíbar compuesto por miel y un poco de agua para rebajarla. O si lo prefieren, una vez fritas pásenlas por una mezcla de azúcar y canela. Dos formas distintas de presentar un mismo manjar cuaresmal.

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