La Agrupación parroquial Bendición y Esperanza de las Tres Mil Viviendas, la última de las vísperas que quiere ser hermandad.
La conciencia mediática hace que hablar del Polígono Sur retrotraiga al lector al pensamiento de una zona marginal donde sus vecinos luchan día a día por una vida digna. Pero mencionar a este barrio también es hablar de una de las parroquias fundamentales de la ciudad donde se atienden al año miles de personas y en la que nació hace más de una década la nueva esperanza en la que se agarran los devotos de las Tres Mil viviendas: su Agrupación parroquial.
Andrés González Becerro es el párroco de Jesús Obrero. Llegó en 2015 y comanda a una feligresía pobre pero ilusionada con su cofradía. Ayer celebraron un vía crucis en el que «este año hemos unido a toda la casa salesiana –rectores del templo- con el objetivo de fortalecer la comunidad» que ofrece proyectos a mujeres, apoyo escolar a más de 90 niños y controla un centro juvenil, pilar fundamental del barrio. También «atendemos a 20 personas semanalmente, asisten legalmente y atienden en parafarmacia». Aclara Pedro Ordóñez, histórico vecino del Arenal que es ahora el bastión de esta Cáritas parroquial.
Desde que en 2005 Bendición y Esperanza fuera aprobada como Asociación, cuenta ahora con 300 hermanos y 180 acompañantes en su cortejo, mayormente niños, que hacen posible que se encienda en este barrio la llama de la devoción popular. José Manuel González Mije, su hermano más veterano, recuerda cuando la parroquia se fundó en 1985, mientras que la cofradía fue en 1992 «con una cruz de mayo en el patio de la iglesia. Hoy, de esos 40 niños que empezaron, 25 están hoy aquí». Hace trece años el anterior párroco «quiso darle sentido y convertirlo en asociación». Hoy es agrupación parroquial «con el fin de ser algún día hermandad de penitencia» con su lema por bandera: «La Esperanza para los sintecho».
La fuerza de la devoción popular
40.000 personas en una feligresía que no pasa de 1.000 parroquianos y en un barrio donde es fuerte el cristianismo evangélico, aunque «se notan más los católicos. Cuando hay momentos importantes, se llena. Otra cosa es que sepan participar de la misa, pero vienen». Nota que han bajado «mucho» los bautismos. «Lo que no se nota es la bajada en Cáritas, sean católicos o no». Aun así, los domingos, «si llegamos a 250 nos damos por contentos. Estamos faltos en formación, objetivos por mejorar. Aquí los salesianos tienen trabajo con muchas necesidades. Es una realidad distinta a la Trinidad, Triana o San Vicente», aclara el párroco. Por ello, «son los artífices de que esta agrupación sea una realidad. Es el fruto de los niños de hace 30 años», destaca José Manuel. Becerro destaca que la agrupación «aviva la celebración de la Semana Santa y se crea un cierto ambiente».
El Viernes de Dolores como explosión
Es su gran día. José Manuel comenta que tienen «tirón, pero aquí es muy difícil. No es un barrio dado a las cofradías. Nos cuesta y hay que trabajar muchísimo. La gente tiene tendencia a hermandades cercanas como el Cerro o Santa Genoveva. Nos cuesta bastante a la hora de poner en marcha la cofradía». Aun así, «es el culmen del trabajo de todo el año. El fin no es solo sacar un paso, sino a la vida misma de la parroquia, la que nos da fuerzas».
Cobran 3 euros a los niños y 5 a los adultos por un cirio. «No puedes pedirle 10 a una persona». La cuota de hermano es de 2 euros mensuales y 1 a los niños. «Vivimos de sacrificios».
Cuentan con su banda, la del proyecto Fraternitas, con un misterio de Blanco Ramos y con un paso construido con las manos de sus vecinos. «Queremos terminarlo, se está haciendo completamente con gente del barrio en nuestro taller de carpintería donde están los chavales trabajando. Los quitamos de la calle».
¿Un futuro con túnicas?
«¿Nazarenos? Dios lo dirá. Lo que quiero es que haya comunidad», comenta el párroco. «No sabemos qué impacto podría tener en el barrio, pero no nos planteamos aún tener nazarenos. Aunque esté dentro de mi corazón verlos en mi barrio, debe venir con el trabajo desde la parroquia. Si somos capaces de llevar el evangelio a la calle, tendremos mucho ganado», comenta José Manuel.
El párroco piensa que «los nazarenos podrían ser un inconveniente ahora. Se necesita ir con sencillez y aclarando que significan las imágenes sin caer en el sentido material que les enseñas a algunos chavales; creen que estamos adorándolas y, más bien, nos evocan y recuerdan. Deben ver que hay mucha caridad detrás y luego, a lo mejor, aceptarían una procesión al uso. De la otra manera, puede provocar recelo. Es mi pensamiento, no soy sevillano».
Aun así, José Manuel es claro: «Queremos que haya nazarenos en el Polígono Sur. En Pino Montano o el Cerro su religiosidad popular ha crecido. Puede darle un sentido de vida al barrio y no de drogadicción o mendicidad».
Y es que en las imágenes, el párroco «encuentra una devoción. La gente viene y se para a rezarles, aprenden a respetarlas. Tienen un contacto material, como si fuera magia; pero hay un cariño y recogimiento, una catequesis de los padres a los niños. Es un campo sencillo y popular para tener contacto con la fe y luego madurarla». Para crecer «deben estrechar el sentido de pertenencia y que la participación sea más numerosa. Debemos evangelizar en las periferias y en lugares donde el cristianismo está siendo olvidado», esgrime Becerro.
El sueño de una hermandad en el Polígono Sur nos e ve lejos. Un barrio que busca sentir como lo hace José Manuel: «No quisiera cerrar los ojos antes de ver esto quedándose en el camino.Tenemos uno muy bonito por delante. Hay mucho futuro. Estamos dispuestos a recibir a la gente que venga».


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