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¿Quién tiene derecho a cambiar la Semana Santa?


La desnaturalización de las cosas es la principal revolución del siglo XXI. Ahora los amigos son virtuales, se hace la compra sin ir a la tienda, se ven las cofradías a través del móvil y se ponen vallas en las calles para que la gente no pueda acercarse a una imagen devocional que sale a la calle precisamente para estar cerca de la gente. Por eso hay que mantenerse alerta. Porque corren peligro nuestra integridad cultural y nuestras estructuras de fe. No se trata de ser inmovilista. La Semana Santa ha evolucionado con la misma naturalidad con la que lo ha hecho la sociedad y ha sabido aprovecharse de todos los avances de la modernidad sin adulterar su esencia. ¿Cómo puede negarse a los cambios una ciudad en la que algunas tallas de primera magnitud fueron quemadas por los anticlericales y hechas de nuevo? Que esas imágenes no hayan perdido su fuerza devocional demuestra que las cosas pueden cambiar sin pervertirse. Si es posible seguir rezando con la misma hondura a una Virgen con rostro distinto al que conocieron nuestros abuelos, ¿por qué no va a serlo poner un gps a un paso para controlar en todo momento el punto exacto por el que va? Ponerse de espaldas al progreso es tan absurdo como cateto. ¿O habría que mantener el sistema amanuense de elaboración de papeletas de sitio?
Yo no creo en los defensores a ultranza del quietismo en ningún ámbito, incluido el cofrade. Pero tampoco creo en los progres que sólo aspiran a revolucionar todo aquello en lo que intervienen. Ni parálisis, ni grandilocuencia. Ni rancios anquilosados en una nostalgia que se han inventado y que quieren imponer en nombre de no sé qué autoridad moral, ni modernitos obsesionados con transformar la Semana Santa de forma alocada para dejar su huella impresa en la historia. Yo creo en los cambios que no transgreden la esencia. Y creo también en las esencias que no se cierran a los cambios. Por eso me preocupa la deriva en la que anda sumida nuestro rito principal. No sólo porque Dios aparece casi siempre en el último lugar de casi todas las conversaciones, sino porque se están tomando medidas que suenan más a carnaval que a Semana Santa. La seguridad es una coartada peligrosa porque juega con un factor que nadie se atreve a contestar: el miedo. Hay que hacer cosas para evitar la invasión de los bárbaros, pero no cualquier cosa. Porque quienes están tomando esas decisiones están obligados a actuar en conciencia: manejan siglos de historia. Cuidado. Ni quedarse quietos, no volverse locos. Ni dejarlo todo como estaba, ni poner un responsable de seguridad con capirote dentro de cada cofradía. Ni escatimar en policías, ni convertir la Semana Santa en un estado de sitio. Ni cerrar los bares, ni permitir las botellonas.
El objetivo es sencillo y no admite experimentos extraños ni medidas exageradas: que el devoto pueda acercarse al Señor y el gamberro no. Cualquier otra cosa es dar la victoria a los vándalos.

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